Descripción de la ruta
Enclavada en un rincón apartado, Torre guarda celosamente la esencia de los pueblos babianos. Sus raíces se hunden en la Edad del Bronce, un período que abarca desde el 1.800 a.C. hasta el 800 a.C.. Aquí, las piedras susurran secretos antiguos y los árboles guardan memorias.
Las primeras evidencias de poblamiento se manifiestan en dos hoces de bronce, halladas en esta tierra. Estas herramientas, testigos mudos de la antigüedad, nos conectan con los albores de la humanidad. Pero hay más en esta historia.
Un molde, similar al utilizado para fundir esas piezas, emergió en un castro en Santiago de la Valduerna, cerca de La Bañeza. Este hallazgo intrigante sugiere vínculos profundos entre la montaña y el llano, una danza ancestral de intercambio y misterio.
En la Edad Media, Torre desempeñó un papel estratégico. Sus muros fortificados albergaron una torre vigilante, testigo de los vaivenes del tiempo. Desde aquí, los ojos atentos controlaban el tránsito de personas y mercancías entre las vertientes leonesa y asturiana de la Cordillera Cantábrica. Los caminos se cruzaban, y las historias se tejían.
Pero Torre no se quedó en el pasado. Su iglesia, elegida como lugar de reposo eterno por varios miembros de la familia Quiñones, señores de estos valles durante siglos, sigue en pie. Aquí, las almas descansan, y las piedras guardan sus suspiros. La historia fluye como un río, y nosotros, los viajeros, somos parte de su corriente.
Así, entre montañas y leyendas, Torre se alza como un faro del pasado, un recordatorio de que cada piedra tiene una historia y cada vida deja huellas en la tierra.





